En la clase de Ciencias de primer año con la miss Helga, los niños vivieron una de esas experiencias que no se olvidan fácilmente. Como parte de su indagación sobre los sentidos, exploraron cómo percibimos el mundo y, para hacerlo de una manera realmente significativa, observaron de cerca un ojo y un cerebro de cerdo.
Desde el primer momento hubo de todo, caras de sorpresa, emoción, risas nerviosas y hasta algunos “¡guácala!”. Poco a poco fueron venciendo el asco y dejándose llevar por la fascinación de descubrir cómo algo tan pequeño y complejo a la vez permite que podamos ver, pensar y sentir.
Más allá de la parte científica, este tipo de experiencias buscan que los niños aprendan con todos los sentidos. No es lo mismo leer sobre el ojo o ver una imagen en el libro que tenerlo frente a ti, observar su forma, sus colores, sus texturas y conectar eso con lo que pasa dentro de nuestro propio cuerpo. Ese asombro que surge cuando la ciencia se vuelve tangible es lo que realmente deja huella.
La reflexión final llegó de manera muy natural, entendiendo la importancia de cuidar nuestros ojos, valorar lo increíble que es poder ver y reconocer lo maravilloso que resulta el cuerpo humano cuando lo comprendemos desde la experiencia.
Fue una mañana de esas que confirman que en Piaget el conocimiento también pasa por la emoción y la vivencia.






